Un día de aquellos

—¡Corre! —le gritó a su hermana después de soltar el pesado objeto. De inmediato, como imitando a su superhéroe favorito, salió disparado hacia su cuarto, intentando escapar de su perseguidor.
Entró a la habitación y trató de cerrar la puerta, pero el uniforme sucio que había dejado en el piso la trababa. Mientras empujaba con desesperación, se arrepentía de su desorden. Entonces, el sujeto que lo perseguía apareció y comenzó a empujar desde el otro lado.
Era una batalla desigual: él apenas tenía diez años y la otra persona le llevaba ventaja en edad, contextura y fuerza. Al darse por vencido, se metió de prisa debajo de la cama. Hasta a él mismo le sorprendió lo rápido que lo hizo. Desde esa angosta perspectiva, vio entrar unos pies a la habitación: uñas pintadas de vino tinto y unas chancletas beige.
Era su madre. Una madre responsable, cuidadora, no muy amorosa, que en ese momento estaba irracionalmente furiosa.
—¡Mateo, sal de ahí o te saco! ¡Tú verás! —gritó.
Mateo ni lo pensó: quedarse escondido era mejor que enfrentar lo que vendría. La vio caminar hacia la puerta y, tras varios minutos de silencio, creyó que el peligro había pasado, que quizá ella había vuelto a la cocina a seguir con el almuerzo. Sacó sigilosamente la cabeza, pero como en una película de terror, la mujer apareció de repente, lo agarró del brazo y lo jaló con violencia hacia afuera.
Con la cabeza baja y el corazón a mil, se plantó frente a su madre, que lo miraba con rabia. Lo empujó fuera del cuarto y golpeó con fuerza la puerta de la habitación contigua, convenciendo con facilidad a la niña de que saliera. Mateo la miró decepcionado: él no habría salido si hubiese tenido la oportunidad que ella tuvo.
En cuanto estuvieron los dos, la madre los tomó por las orejas y los jaló tan fuerte que tuvieron que ponerse de puntas para aliviar el dolor. Los sentó en la sala, uno al lado del otro. La niña ya lloraba; Mateo tenía miedo, pero aun así trataba de contener el llanto.
La mujer miraba el piso y respiraba agitada, pero no se olvidaba del arroz que se estaba secando en el caldero.
—¿Qué pasó? —preguntó, con voz dura.
—El televisor se cayó… como que estaba en la punta. Yo lo iba a desconectá y se cayó —respondió temblando.
—¡Embustero! —gritó—. No seas tan embustero, que sé que te lo querías llevar para el cuarto. Hace rato venías con esa bendita idea, pero ahí tenía que terminar. Esta no te la paso, Mateo. ¡Esta me la pagas!
El niño rompió en llanto, suplicando, mientras ella sacaba un cinturón que tenía escondido sobre un mueble. Intentó detenerla, pero ella lo sujetó de un brazo y, con el otro, descargó el cinturón sobre él. La hermana lloraba, sin poder hacer nada.
De repente, sonó el candado de la reja. Era el padre. Los niños corrieron a esconderse.
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