El consultorio del fondo

Sala de espera en un consultorio psicológico, con dos sillas beige y sillas infantiles al fondo.


El año de San José ya había comenzado. Estuve atendiendo teleconsulta toda la mañana en el único consultorio disponible: el retazo de la habitación trasera de una antigua casa familiar convertida en un centro de salud. El lugar era agradable, el aire acondicionado funcionaba, el escritorio estaba conservado y el computador no se trababa. Detrás del escritorio, estaba un diminuto baño que además tenía una ducha con puerta de vidrio. Aunque la manija estaba dañada, se podía obtener agua con facilidad. A la izquierda, había un armario empotrado de madera amarillenta con una de las puertas entreabiertas debido a las cerraduras desgastadas. 

Frente a mi escritorio, había dos sillones color beige bastante cómodos. En la esquina, junto a la puerta, una mesita para niños apoyada en la pared, con tres coloridas sillas amontonadas una sobre otra. Una luz blanca iluminaba el lugar oscurecido por el laminado de las ventanas, que impedían que los ardientes rayos del sol atravesaran el cristal. Sin embargo, era posible mirar hacia afuera, hacia lo que funciona como patio, comedor y cocina; y, si se miraba de cerca, se podía ver hacia adentro.

En la mañana me entretenía viendo realizar sus labores a la señora del aseo. De vez en cuando, veía pasar al personal del centro a buscar algún alimento en la nevera o a hidratarse. Todos usaban tapabocas, incluso yo lo mantenía puesto, aunque estuviera sola en el consultorio. Sin embargo, había momentos del día en que el patio se quedaba completamente solo y lo único que veía era el imponente árbol cuyas ramas amputadas sobresalían del polisombra. Toda la acción del centro de salud ocurría adelante, pero no me preocupaba, al contrario, lo prefería así.

Cuando la tarde empezó a caer, un ligero temor se apoderó de mí. En un principio fue un temor estúpido, así que lo ignoré de inmediato, pero luego, ante la amenazante oscuridad de la noche, tomó más fuerza. Durante la siguiente consulta, un paciente con esquizofrenia volvió a mencionar sus alucinaciones visuales: una sombra que decía ver con frecuencia, lo que exacerbó mi miedo. 

Mi temor principal era que la persona encargada de cerrar el lugar se olvidara de mí y me dejara encerrada toda la noche. Si eso pasaba, ya tenía planeado qué hacer: llamaría a quien me dejó encerrada y a todos los que pudiera y de no obtener resultados, saltaría sobre la reja hacia la entrada principal sin importarme si me raspaba en el intento.

Pero luego, estaban mis temores secundarios: imaginaba que la puerta del baño se abría de repente y alguien saldría a lastimarme; o que cuando mirara hacia el patio vería un espectro observándome fijamente; imaginaba que en una de las sillas para niños estaba sentado uno que había muerto y que fue atendido en ese consultorio; o que cuando saliera del baño encontraría a alguien acurrucado llorando en un rincón de la habitación y que sería en realidad un espectro que me asustaría mucho; o peor aún, que en uno de los dos sillones aparecería algún paciente fantasma reclamando una consulta presencial.

Me avisaron que fuera a celebrar el cumpleaños de una colega, así que dejé el consultorio enseguida. Cuando regresé al patio, me senté y me dispuse a terminar los tres pacientes que me faltaban del día. Cerré la puerta y noté que la puerta del baño estaba abierta y la luz encendida, me asomé y no vi a nadie; apagué la luz y cerré de un portazo. Me senté, me coloqué los auriculares y empecé a llamar. Entre consultas, cantaba versos de la primera canción que se me venía a la mente «the club isn’t the best place to find a lover, so the bar is where I go», no la estaba pronunciando bien, pero era leal al ritmo. No obstante, el miedo persistía, pero no estaba en posición de pedirle a alguien compañía; era una adulta de 23 años, responsable y racional, así que continué. 

Cuando terminé la evolución del último paciente, la vi sentada en uno de los dos sillones. Era una mujer joven, vestida de negro y con el rostro oculto por el cabello. Me quedé fría. No sentía las piernas, el corazón se me aceleró y sentía que no podía respirar. El espectro lloraba en silencio. Pensé que si le hablaba me desvelaría su horrible rostro y me mataría. La puerta estaba detrás de ella y a veces tendía a trabarse. Salir corriendo no era una buena opción. Me levanté de mi silla como pude, tomé mi bolso que solía guardar debajo del escritorio y lo sostuve con fuerza. Lentamente, di pasos hacia la puerta. Intenté decir algo para ver su reacción, pero ella lanzó un sonido espeluznante y diabólico mientras se levantaba y me revelaba su temible rostro. Le zampé el bolso en la cara. 

Era broma. Cuando regresé de la reunión dejé la puerta abierta, coloqué delante una de las sillas para niños para que no se cerrara, aseguré la puerta del baño y apagué el aire. Soy una persona espiritual, pero que los espíritus se queden de su lado. Astutos como serpientes y sencillos como palomas.

Este cuento está registrado ante la Dirección Nacional de Derecho de Autor (DNDA) de Colombia, bajo el número 10-1322-301. Queda prohibida su reproducción total o parcial sin autorización expresa de la autora. Si te gustó esta historia, puedes compartir el enlace para que más personas la descubran. ¡Gracias por leer!

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